Te prometes que hoy no vas a perder los nervios.
Pero vuelve a ocurrir.
Le recuerdas lo que habíais acordado. No lo hace. Insistes y empieza a contestarte con ese tono que tanto te enciende.
Subes la voz. Él también. Y terminas diciendo cosas que después desearías haber dicho de otra manera.
«¿Por qué vuelvo a gritar si sé perfectamente que no ayuda?»
Después de la discusión llega la culpa. Te dices que la próxima vez tendrás más paciencia... hasta que llega la próxima vez.
No se trata de culparte por enfadarte. Se trata de descubrir qué ocurre justo antes de que el enfado tome el mando.